miércoles, 5 de noviembre de 2014

La condición femenina en el Afganistán de 1940

El desolado paisaje de Band-e-Amir, al noroeste de Kabul, que 
muy probablemente recorrieron Ella Maillart y Annemarie 
Schwarzenbach para llegar a la capital afgana.
(Fuente: getintravel.com)

En junio de 1939, poco antes del estallido de la segunda guerra mundial, y aprovechando la neutralidad de su país en lo que ya se veía venir, dos escritoras, periodistas y aventureras suizas, Ella Maillart (1903-1997) y Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), ambas muy experimentadas viajeras, salieron de Ginebra en un resistente automóvil Ford con el reto de llegar por carretera a las lejanas tierras del Asia central, lo cual consiguieron. Annemarie fue escribiendo el relato de sus peripecias hasta que llegaron a Afganistán, y envió algunos fragmentos al diario alemán National-Zeitung, que los publicó. Varios de esos textos fueron recopilados muchos años más tarde por Roger Perret y publicados en Basilea el año 2000 con el título Alle Wege sind offen. Die Reise nach Afghanistan 1939/1940. En 2008 se tradujeron y editaron en castellano con el título Todos los caminos están abiertos. [1]

Este transeúnte, a quien pareció excesivamente densa la primera parte del libro, se fue apasionando a medida que las intrépidas viajeras, después de atravesar los Balcanes y Turquía, bordear el mar Caspio y recorrer parte de Irán, avanzaban por tierras desérticas hasta internarse en el mosaico multiétnico de Afganistán, que por aquel entonces conocía un insólito período de estabilidad bajo el reinado de un monarca muy joven, Mohammed Zahir Shah, que había ascendido al trono tras el asesinato de su padre en 1933, y que manejaría las riendas del país hasta que en 1973 su primo y primer ministro Mohammed Daud Khan, quien ya había demostrado su talante aperturista, abolió la monarquía mediante un golpe de Estado y se proclamó presidente de la nueva república con el apoyo tácito de la Unión Soviética: fue el primer paso hacia los acontecimientos que se han ido sucediendo trágicamente en aquel país y todavía persisten.

Annemarie Schwarzenbach,
(Fuente: Dalena Vintage)

A continuación se reproduce una de las diversas crónicas que Annemarie Schwarzenbach envió al mencionado diario alemán y que fue publicada por éste en dos partes, los días 13 y 14 de abril de 1940 [2]. Lamentablemente, las condiciones de vida de las mujeres afganas de nuestros días, sometidas después de casi cuarenta años de liberalización de las costumbres a un régimen totalitario y fundamentalista islámico, vuelven a ser las de aquella época: la tradición ancestral de hacerlas invisibles pervive.



En el jardín de las hermosas
muchachas de Kaisar

Por Annemarie Schwarzenbach

Hasta el momento, Ella y yo solo habíamos podido mantener conversaciones teóricas sobre las mujeres de Afganistán. En las varias semanas que llevábamos recorriendo este país de estricta observancia musulmana, habíamos trabado amistad con campesinos, funcionarios municipales, soldados, comerciantes del bazar y gobernadores de provincia: en todas partes habíamos constatado la hospitalidad de la gente y empezábamos a encariñarnos con este pueblo masculino, alegre e incorrupto.

Los imponentes muros de la ciudadela de Qala Ijtyaruddin, en Herat.
(Fuente: The History Blog)

En la esplendorosa ciudad de Herat habíamos asistido a las competiciones de esgrima y a la plegaria comunitaria de los jóvenes que al atardecer se congregaban en un prado ante la puerta de la villa. Por el camino, cuando nos deteníamos a descansar tras recorrer largos tramos sin sombra, sencillos campesinos solían unírsenos y compartir con nosotras sus melones. Nunca tuvimos necesidad de montar las tiendas ni de prepararnos la sopa. En los pueblos, el alcalde nos daba la bienvenida y nos convidaba a té y uvas. Al atardecer nos llevaban a hermosos jardines, donde atentos criados servían el pilaf, el plato de arroz típico, y mientras comíamos acudía el anfitrión acompañado de su comitiva a visitarnos y, a menudo, mantenía largas y minuciosas conversaciones con nosotras.

Músicos en Bala Murghab (noroeste 
de Afganistán). Foto tomada por 
Annemarie Schwarzenbach en 1940.
(© Archivo de la Biblioteca Nacional Suiza)

Sin embargo, teníamos la sensación de estar en un país sin mujeres. Conocíamos, naturalmente, el chador [3], la túnica de cuerpo entero que visten las musulmanas y que poco tiene que ver con la idea romántica del delicado velo de las princesas orientales. Ciñe estrechamente la cabeza con tan solo unas perforaciones a manera de rejilla delante de la cara, y cae en holgados pliegues hasta el suelo dejando entrever apenas la punta bordada y los tacones gastados de las pantuflas. A estos seres embozados e informes los habíamos visto deambular furtivamente por las callejas del bazar, y sabíamos que se trataba de las mujeres de los altivos afganos que se pasean libremente por doquier, son amantes de la compañía y la tertulia amena y pasan la mitad del día ociosos en una casa de té o en el bazar. Pero esos seres fantasmales tenían en sí mismos poco de humano. ¿Eran niñas, madres, ancianas, jóvenes o viejas, tristes o alegres, hermosas o feas? ¿Cómo vivían, en qué ocupaban su tiempo, a quién prodigaban afecto, amor, odio?

Mujeres afganas enfundadas en sus burkas.
(© Bernard Chazelle)

En Turquía y en Irán habíamos visto alumnas de colegio, girls scouts, estudiantes universitarias, así como trabajadoras independientes o mujeres que desarrollaban alguna actividad en el ámbito social y cuya presencia en la vida de su nación era indiscutible, puesto que ya formaban parte de la fisonomía de ésta. Sabíamos que el joven rey Amanullah, a su regreso de un viaje a Europa, se había lanzado a introducir reformas y había intentado seguir sobre todo el ejemplo de Turquía. Actuó con demasiada precipitación. Lo que más se le reprochó fue la emancipación de la mujer. Durante algunas semanas, en Kabul, la capital, cayó en chador; luego estalló la revolución, las mujeres volvieron al harem, regresaron a la estricta reclusión de la vida doméstica, y solo pudieron mostrarse en público cubiertas por un velo. [4]

El palacio de Darul Aman, de estilo 
europeo, mandado construir por 
el rey Amanullah, a las afueras 
de Kabul, en la década de 1920.

¿Habían olvidado las mujeres esos amagos de libertad, habían sido borradas de su memoria aquellas pocas semanas de 1929? En una ocasión, siendo huéspedes de un joven de talante abierto e inteligente, gobernador de alguna aldea del norte del país, Ella se atrevió a formularle esta pregunta. Nuestro anfitrión dio muestras de comprender muy bien las necesidades del Estado afgano y habló de que la construcción de carreteras iba a suponer una apertura del país, lo que implicaba la creación de industrias, pero también de escuelas y hospitales. ¿Podía excluirse a las mujeres de un progreso semejante? ¿No debían tomar parte de la nueva vida y ser liberadas de la limitación mortificadora en la que transcurría su existencia? El gobernador respondió con evasivas. Cuando le preguntamos cortésmente si podíamos conocer a su mujer, al principio dijo que sí, pero luego encontró una excusa.

Un pueblo de la provincia de Faryab, en el antiguo Turquestán afgano.
(© PRT Meymaneh)

No fue hasta que llegamos a Kaisar [5], un pequeño oasis en la provincia septentrional del Turquestán, que, para gran sorpresa nuestra, el hakim [6] Saib, el alcalde en persona, nos condujo sin grandes aspavientos, a través de una portezuela, al jardín interior de su casa, el jardín de sus mujeres e hijas. Dos muchachas jóvenes, vestidas con trajes de verano y cabellos cubiertos por un vaporoso y delicado velo, salieron a nuestro encuentro. Ambas eran llamativamente hermosas, al igual que la madre, de aspecto imponente, mirada seria y gesto amable, que nos recibió bajo unos enormes árboles, sobre el suelo recubierto de alfombras. Allí jugaban los niños, los hermanos menores y un pequeñín rubio, hijo de Sara, la nuera. Su otro hijo dormía en una hamaca a la sombra. En un lugar un poco apartado, bajo el saledizo de la sencilla casa de adobe, estaba el samovar. Primero nos trajeron un aguamanil y toallas, luego té y frutas. Una hora más tarde llegó el pilaf. La madre comió con nosotras, a la manera europea, sentada a la mesa. Las hijas nos sirvieron la comida y después se sentaron en la alfombra a comer con los niños, todos de la misma fuente y con las manos. Por último fueron las criadas las que despacharon los abundantes restos. Las caras de los familiares del hakim presentaban los característicos rasgos de los rostros afganos, hermosos y severos, mientras que las criadas eran, por lo visto, de raza mongola, quizá turcomanas o uzbecas. […]

La familia del el hakim Saib. Foto tomada 
por Annemarie Schwarzenbach en 1940.
(© Archivo de la Biblioteca Nacional Suiza)

Para las mujeres de Kaisar, Kabul era el gran mundo, la civilización. Y eso que las habían instruido –en casa, por supuesto–, sabían leer y escribir y no ignoraban dónde quedaba la India, Moscú, París, incluso habían oído hablar de Suiza. Sin embargo, nunca habían hecho un viaje, no se imaginaban que un día podían llegar más allá de Mazar-e-Sharif, la capital del Turquestán afgano. ¿Deseaban acaso conocer el mundo, llevar una vida diferente? ¿O se quedarían para siempre en aquel jardín soleado y rodeado de tapias de adobe bajo la patriarcal y estricta supervisión de su madre y señora?

Una joven afgana se atreve 
a mostrar su aspecto.
(© Emmanuel Dunand)

A última hora de la tarde, cuando empezaba a refrescar un poco, el hakim nos mandó llamar. El pequeño Jakub pudo acompañarnos hasta el coche; las muchachas, en cambio, se quedaron en la puerta del jardín. […] Cuando esas muchachas abandonaban el jardín siempre llevaban puesto en chador y solo podían ver el mundo a través de aquella rejilla, tras la cual su cara permanecía al resguardo de indiscretas miradas masculinas.




Billete de 10 afganis, con la imagen del rey Zahir, 
puesto en circulación en 1939.


[1] Annemarie Schwarzenbach: Todos los caminos están abiertos. Traducción de María Esperanza Romero. Postfacio de Roger Perret. Editorial Minúscula, Barcelona, 2008.
[2] Tomada de la mencionada edición en castellano, pp. 69-74. Por error, en el libro se menciona la fecha de 1939.
[3] Evidentemente, la autora confunde las
vestimentas tardicionales de las mujeres musulmanas, y habla de chador (que es la prenda que usan las mujeres iraníes y deja la cara al descubierto) cuando se refiere al burka.
[4] El uso del burka fue suprimido oficialmente en 1959 por el entonces primer ministro Daud Khan, pero en 1996 los fundamentalistas
talibanes, cuando asumieron el poder, volvieron a imponerlo.
[5] Muy probablemente se trate de la aldea denominada actualmente Sangalak-i-Kaisar, en la provincia afgana septentrional de Faryab, de población mayoritaria uzbeka y tayika, menos estricta en las costumbres tradicionales islámicas.
[6] Título honorífico de origen árabe que significa, según los lugares, “mandatario”, pero también “juez” o “médico”.