sábado, 27 de marzo de 2010

Post scriptum. Una hablante livonia centenaria… en Canadá

El transeúnte, cuando el pasado mes de enero habló de los livonios en esta bitácora (ved Līvõd rānda), dijo que el último hablante de la lengua, Viktor Berthold, había muerto el 28 de febrero de 2009. Pero hete aquí que ahora lo sorprende una noticia aparecida el pasado 19 de marzo en la publicación estonia Fenno-Ugria Asutus, firmada por Tapio Mäkeläinen*, en la cual se informa que la señora Grizelda Kristiņa (nacida Berthold), que habla su lengua materna, el livonio, acaba de cumplir 100 años en la localidad de Campbellville, a unos 50 kilómetros al sudoeste de Toronto (Ontario), donde vive desde que se estableció en Canadá en el año 1951.

Grizelda Kristiņa, prima de Viktor Berthold, nació en la Līvõd rānda (norte de Curlandia, Letonia), concretamente en la granja de Zūonkõ, en la aldea de Vaide (a 12 km de Irē [Mazirbe], donde después fue a la escuela), el 20 de marzo de 1910. Entre los años 1930 y 1933 (es decir, cuando Letonia era una república independiente) estudió en la Universidad de Lahti y el Instituto-hogar de Orimattila (Finlandia) gracias al apoyo de una organización finoúgria, que seleccionó a los jóvenes livonios mejor formados para ofrecerles esta oportunidad (hay que decir que la solidaridad entre los pueblos finoúgrios ha sido siempre envidiable, y aún lo es).


En 1944, cuando las repúblicas bálticas fueron anexionadas por la Unión Soviética, huyó con su marido y su pequeña hija Sarmite, de cuatro meses, a Suecia, y en 1951 se establecieron los tres en Canadá, donde se habían constituido diversas comunidades de exiliados bálticos en los alrededores de la ciudad de Toronto.


Grizelda Kristiņa no tan sólo mantuvo viva la llama de la cultura y la lengua livonias, sino que, además, en 2008 aún tuvo fuerzas, a pesar de su edad, para publicar un CD en livonio, Līvõ kel, en el cual dicta los capítulos de un manual de lengua livonia,
editado con el mismo título, también en Canadá, por Kersti Boiko en el año 2000. Pero lo más interesante de este CD es poder oír la fonética de la lengua con la voz de esta anciana tan vivaracha.

Noticias como la que comenta ahora el transeúnte permiten mantener la esperanza de que la lengua de los livonios, por más que actualmente no se hable fuera del ámbito de algunas –escasas– familias, no caerá en el olvido. La pérdida definitiva de una lengua, aunque sea pequeña, representa siempre un empobrecimiento de la cultura universal.


¡Felicidades por sus cien años de vida provechosa, señora Kristiņa!

* Tapio Mäkeläinen es un conocido finougrista finlandés, casado con una letona y muy interesado por la cultura estonia. De hecho, obtuvo esta información de un artículo más extenso, en letón, firmado por Baiba Šuvcāne y publicado en el portal Livones.lv: “Grizelda Kristiņa svin 100 gadu jubileju”. El transeúnte se ha basado también en este artículo y se ha permitido corregir algunas inexactitudes de Mäkeläinen.

Agradecimientos: Linda Järve y Jüri Talvet.


Fuente de la fotografía de la señora Kristiņa: Livones.lv.

Traducción del catalán: Carlos Vitale.

martes, 23 de marzo de 2010

Flashes: Derby

Una de las efímeras curiosidades que el transeúnte encontró
paseando por Derby.

Derby es una ciudad del centro de Inglaterra, capital del condado de Derbyshire, en la región de East Midlands. La población del municipio supera los 230.000 habitantes. Fue una de las primeras localidades a las que llegó el ferrocarril, en 1840, lo cual la convirtió pronto en un próspero centro industrial y un estratégico nudo de comunicaciones ferroviarias. Pero no obtuvo el estatuto de ciudad hasta 1977, con motivo del 25.º aniversario de la coronación de la reina Isabel II.

Derby es famosa, entre otras cosas, por haber sido uno de los centros más importantes de la primera revolución industrial, que allí se inició en 1717. En el año 1759 Jedediah Strutt (1726-1797) patentó la máquina tejedora de algodón conocida como Derby Rib Attachment, que entonces revolucionó el sector. Más tarde se instalarían otras industrias, como la primera fábrica de coches y motores de aviación Rolls-Royce, fundada en 1904. Allí se fabrican también algunos componentes para los aviones Bombardier y para los vehículos de la firma japonesa Toyota.


Una de las viejas construcciones industriales de la ciudad, el Silk Mill (molino de la seda), alberga el Derby’s Museum of Industrial and History. Es uno de los numerosos molinos textiles que se encuentran (y se pueden visitar) en el valle del río Derwent, corrupción de la denominación gaélica Djúra-bý, que los anglosajones (o los vikingos, que convivieron con ellos) habrían convertido en Deoraby, de la cual proviene el nombre de la ciudad. Los invasores romanos establecieron allí un asentamiento militar, que denominaron Derventio.


El centro comercial de Derby. Al fondo, la torre
de la catedral anglicana de Todos los Santos.


Además de abundantes muestras de arqueología industrial, Derby tiene una catedral anglicana, fundada en el año 943 como colegiata real por el monarca anglosajón Edmundo I y reconstruida en estilo gótico durante el siglo XVI, a la que se añadió, en 1725, una torre de 68 metros. Pero su consagración como catedral, dedicada a Todos los Santos, data del 1 de julio de 1937. También encontramos en la ciudad otros lugares interesantes, como la iglesia de St. Alkmund, de estilo georgiano, edificada en 1846; el Pickford’s House Museum, construido en el año 1770 por Joseph Pickford (1734-1782), y la St. Helen’s House, del mismo arquitecto, que data de 1766.

Fotografías © Albert Lázaro-Tinaut.
Clicad sobre ellas para ampliarlas.


Traducción del catalán: Carlos Vitale.

lunes, 15 de marzo de 2010

Jean Ferrat: canción, poesía y compromiso social

Jean Ferrat en el año 2008. (Foto © abaca)

Anteyer, 13 de marzo de 2010, a las 12.58 del mediodía, murió en Aubenas, cerca de la pequeña localidad de Antraigues-sur-Volane (en el departamento francés de la Ardèche), donde residía, Jean Tenenbaum, el menor de los cuatro hijos de un emigrado judío ruso. Había nacido en Vaucresson, en las proximidades de París, el 26 de diciembre de 1930. Cuando tenía once años su padre fue deportado por los ocupantes nazis e internado en el campo de concentración de Auschwitz, del que ya no salió. Él pudo salvarse gracias a la protección de un grupo de militantes comunistas.

Aquel niño, al que le costó asumir la tragedia familiar, comenzó a ganarse la vida, una vez acabada la guerra, componiendo canciones, cantándolas en modestos cabarets, haciendo teatro y tocando la guitarra en una banda de jazz, con el nombre de Jean Laroche. Aunque el éxito no le sonrió de inmediato, decidió dedicarse a la música y al espectáculo, y adoptó otro seudónimo, Frank Noël, que después cambió por el que lo llevaría a la fama: Jean Ferrat.

Ferrat fue siempre fiel a su compromiso social y político, y a pesar de que no se afilió nunca al partido comunista, hasta 1968 se mantuvo próximo a la formación de quienes le salvaron la vida. Y, poco a poco, empujado por el entusiasmo y los amigos, los “camaradas”, su nombre comenzó a sonar, sobre todo desde que, en 1956, puso música al poema Les yeux d’Elsa, de su admirado Louis Aragon.* Esta canción fue popularizada entonces por un cantante que sumaba éxitos en los cabarets parisinos: André Claveau.

No obstante, el primer disco de Jean Ferrat (1958) pasó inadvertido. No fue hasta 1960, con Ma Môme (escuchadla), que se comenzó a oír su voz en las principales emisoras de radio. En 1966 ya era famoso. En 1962 escribió la canción Deux enfants au soleil para su gran amiga Isabelle Aubret, que la interpretó con gran éxito. Diez años más tarde compuso otra de sus canciones más conocidas: Mon vieux. Desde entonces, las ventas de sus discos se incrementaron: ya se había convertido en una figura en el mundo musical francés.

Jean Ferrat con las cantantes Isabelle Aubret y Juliette Greco
(París, 1965). (Foto © AFP)

Mientras tanto había escrito algunas canciones comprometidas y algo atrevidas en el panorama político de la época, como Nuit et Brouillard (1963; escuchadla y leed la letra aquí) y Potemkine (1965; escuchadla aquí), cuya difusión a través de las emisoras de radio fue prohibida por la autoridad competente francesa, y también una de las piezas que al transeúnte más le han llegado al corazón: Camarade (escuchadla), en la que denuncia la invasión soviética de Checoslovaquia en el verano de 1968.

En 1972 se alejó de París y se estableció en la Ardèche, decepcionado por el totalitarismo feroz puesto de manifiesto por los más altos representantes de la ideología que defendía (las atrocidades anteriores de Stalin aún no eran suficientemente conocidas o se habían silenciado en Occidente). La paz de aquellas tierras meridionales le inspiraría otra de sus canciones más bellas: La montagne (escuchadla).

Pero Jean Ferrat quedará seguramente como el gran cantor de la poesía de Aragon (podéis escuchar una de sus canciones, Aimer à perdre la raison, aquí), al cual dedicó dos recopilaciones: Que serais-je sans toi? (1974) y Heureux celui qui meurt d’aimer (1995). El transeúnte ha escuchado estas canciones decenas de veces, y las vuelve a escuchar con emoción mientras escribe este homenaje a un hombre que ha sido siempre consecuente consigo mismo y con sus ideas, una actitud que no debe confundirse con un compromiso absoluto con el comunismo francés, sino muy al contrario: una de sus canciones, Bilan (1980), es precisamente una crítica nada disimulada al líder del PCF, Georges Marchais, por su vergonzoso balance “globalmente positivo” de los países sometidos, contra la voluntad de sus pueblos, a la rígida disciplina soviética. Una actitud que, por otro lado, lo alejó de una parte de la intelectualidad de izquierdas de su país que aún creía (o lo hacía ver, para seguir la “moda” de la época) en las bondades del socialismo real.

La música y la política fueron las dos grandes pasiones de Jean Ferrat. En este sentido, no hay que olvidar su compromiso con los movimientos de izquierdas, como el de antiglobalización liderado por el polémico líder campesino José Bové (1987), y su adhesión a la Coordination française pour la Décennie de la culture de non-violence et de paix, una asociación creada en noviembre del año 2000 para coordinar las actividades del Decenio internacional de promoción de una cultura de la no-violencia y de la paz en beneficio de los niños del mundo, promovida por la Unesco y que acaba, precisamente, este año, con algunas muestras de buena voluntad, pero, sobre todo, con una aberrante indiferencia por parte del denominado “primer mundo”, pese al compromiso (mejor dicho, las palabras solemnes y vacías de contenido) de la grandilocuente Alianza de Civilizaciones propuesta por el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, el 21 de septiembre de 2007 durante la 57.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York. También fue muy crítico con las multinacionales de la música y la industria discográfica que, en su opinión, ponían en peligro la libertad de creación.

Canción, poesía y compromiso social son las palabras que, según el transeúnte, resumen la vida y la trayectoria personal de Jean Tenenbaum, más conocido como Jean Ferrat.

* Aragon (1897-1982) escribió este famoso poema, dedicado a su esposa, la rusa Elsa Triolet (Elsa Kagan [1896-1970], que era cuñada de Vladímir Maiakovski), en 1940.

Traducción del catalán: Carlos Vitale.

domingo, 7 de marzo de 2010

[Marginalia]: “Por favor, sea breve”

El pasado viernes, el transeúnte acudió a la presentación de la antología de microrrelatos Por favor, sea breve 2, publicada por la editorial Páginas de Espuma, de Madrid.* El acto lúdico-literario (porque así fue) tuvo lugar en el bar L’Astrolabi, del barrio barcelonés de Gràcia, que se llenó de “hormigas” de todas las edades: así las denomina Clara Obligado en el texto preliminar que titula, precisamente, “La era de la hormiga”: “… sucede que el dinosaurio [se refiere, como todos habrán adivinado, al célebre microrrelato de Augusto Monterroso, pero conviene aclararlo para distraídos] ya está en el Parnaso y ha dado origen al reino de la hormiga. Hormigas, hormigas por todas partes, movedizas, dinámicas, textos diminutos que ya no se pueden contar”. ¡De repente, en L’Astrolabi, también los autores y el público nos convertimos en divertidas hormigas!

Fue una de esas veladas entrañables que, por suerte, sustituyen cada vez más a las presentaciones “serias” al uso, a las que uno va por compromiso y, con raras excepciones, dispuesto a aburrirse un rato, en las cuales algunos aprovechan para tomar unas copas gratis y –aunque la crisis está acabando con ellos– sustituir la cena por unos cuantos canapés.

Algunos de los “antologados” (¿por qué el diccionario normativo no recoge esta palabra?) leyeron relatos mínimos de los otros, y se pudo comprobar que en muchísimos casos estas pequeñas piezas literarias, a las que hasta hace pocos años no se prestaba interés, no están en absoluto reñidas con el sano sentido del humor, sino bien al contrario. Entre esos “antologados” que leyeron había algunos amigos del transeúnte, como Carlos Vitale (ved aquí su blog personal), colaborador imprescindible de esta bitácora, y Care Santos (ved aquí su web oficial).

Una de las razones que animaron al transeúnte a acudir a L’Astrolabi fue el deseo de conocer a Clara Obligado, la antóloga (aunque en el libro figure como autora de la edición, que es la manera formal de decir lo mismo) de la obra. Para el transeúnte, no sabe por qué, esa mujer menuda, inquieta, cordial y desbordante de simpatía, como pudo comprobar, tenía una especie de aureola especial. Quizá por su ilustre apellido, quizá por haber leído en tiempos no muy lejanos sus cuentos de Una mujer en la cama… y otros textos breves suyos que le habían llamado poderosamente la atención. El transeúnte, sin embargo, no es de aquellos que persiguen a sus autores favoritos por el simple capricho de conocerlos personalmente y obtener su autógrafo, hasta el punto de que ni siquiera sabía dónde vivía ella desde que los militares genocidas la obligaron a exiliarse de la Argentina, en 1976. El viernes supo que vive en Madrid, la pudo conocer en persona y conversar con ella, y comprobó no sólo su calidad humana, sino también su serio compromiso con la literatura, su fino sentido del humor y su extraordinario don de gentes.

La obra presentada, por supuesto, merece ser leída y, además, no obliga a hacerlo de una tirada: puede permanecer semanas o meses sobre la mesilla de noche y alegrar, por ejemplo, un día gris o borrascoso antes de buscar el sueño. En ella aparecen textos de 116 autores (si no fallan las cuentas) de diversas procedencias que escriben en castellano, y entre ellos encontramos desde algunos que podríamos considerar “clásicos”, como Macedonio Fernández, Ramón Gómez de la Serna o Juan Perucho, por citar sólo tres nombres, hasta meritorios novísimos cuya obra todavía no ha sido muy divulgada. Gran mérito incluirlos no por sus nombres, sino porque sus textos lo merecen.

Permitidle al transeúnte que reproduzca, a modo de ejemplo, uno de los microrrelatos más breves del libro, “El hombre invisible”, del escritor venezolano Gabriel Jiménez Emán:


Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.


¡Larga vida a los bonsáis de la literatura!



* Por favor, sea breve 2. Antología de microrrelatos. Edición de Clara Obligado. Prólogo de Francisca Noguerol. Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 256 páginas. Anteriormente (2001) la misma editorial había publicado una primera entrega de microrrelatos, seleccionados también por Clara Obligado, con el título Por favor, sea breve, en un volumen que incluía 167 relatos hiperbreves de diversos autores, entre los que aparecían algunos grandes nombres de la literatura en lengua castellana, como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, etc.

La fotografía de Clara Obligado es de O. Duch y está tomada de la web del Heraldo de Soria.

jueves, 4 de marzo de 2010

Post scriptum. Chile: realidad y esperanza


El transeúnte ha recibido hace pocas horas el texto que se permite reproducir. Sabe que su autor es un destacado periodista y profesor universitario en Chile. No quiere opinar sobre sus palabras, pues prefiere que sean los chilenos –y los conocedores de la realidad de Chile– que siguen esta bitácora quienes lo hagan sin escrúpulos, ya que ésta pretende ser, esencialmente, un espacio de libertad.

Realidad y esperanza se mezclan estos días en Chile: después de la tragedia llega la hora de asumir la realidad, y de ella ha de nacer la esperanza. Los chilenos han demostrado siempre su fortaleza de ánimo y su capacidad para salir adelante en los momentos más difíciles.


Se esté de acuerdo o no con sus opiniones, en el fondo de las palabras del profesor Wilson Tapia Villalobos se vislumbra la luz de un nuevo renacimiento de Chile, como se dio otras veces, como probablemente las circunstancias obliguen alguna otra vez a planteárselo.

Con respeto y solidaridad hacia el pueblo que sufre, el transeúnte les invita, pues, a leer este artículo y a comentarlo.



El nuevo Chile

Por Wilson Tapia Villalobos

Mucho dolor hay en esta nota. Dolor por las más de mil víctimas que se llevó hacia la inmensidad el desmesurado poder de la naturaleza. Dolor por la pequeñez humana, por su torpeza embadurnada de liderazgo, por lo esmirriado que hay debajo de tanta competitividad. Dolor que se transforma en esperanza al ver a tantos personajes anónimos que siguen pensando que la humanidad distingue cuando se da hasta que duela.


Las cifras son elocuentes. Al momento de escribir, el número oficial de muertos está detenido en 723. No hay aún información oficial de desaparecidos, aunque se estiman en muchos centenares, tal vez miles. Se calcula en dos millones los damnificados. Un millón y medio de viviendas afectadas. Para los aficionados a las comparaciones, el de la madrugada del sábado es el quinto sismo (8.8 grados en la Escala de Richter) de mayor intensidad que registra el planeta desde que las estadísticas comenzaron a interesarle a los norteamericanos. El costo estimado para Chile alcanza a los US$ 30 mil millones, con tendencia al alza. De acuerdo a la medición Richter, el terremoto que tuvo su epicentro en las cercanías de Cobquecura habría sido 18 veces más potente que el que asoló a Haití.


El desastre le ha dado una nueva cara a Chile. La geografía ha variado, tal como ocurre cada vez que la naturaleza nos golpea. Pero ahora el cambio es más profundo. Quizás si el manotazo cataclísmico sirvió para que lo viéramos en su atroz magnitud. Este Chile 2010 no es el mismo de antes. Es cierto que integra más avances tecnológicos. La inserción en la economía global es más profunda. Es reconocida su solidez económica hasta el punto de integrarlo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Tiene mejor conectividad vial y trata de ir a la vanguardia en comunicaciones. Pero las fuerzas tectónicas desatadas nos mostraron otras realidades. La primera, que pese a los avances, estamos lejos de encontrarnos en el nivel de desarrollo que muchos pretenden. La segunda son los efectos dejados por un terremoto anterior, de carácter moral.


Los asaltos a los supermercados fueron el indicio más reciente. Venía precedido de otros que no se quieren ver. Las ventas de las empresas estatales a precio vil fue un antecedente. Más cercano, la colusión de las farmacias. Y podrían sumarse muchos más, como los cobros abusivos por los servicios básicos, la práctica agiotista de los bancos, de las tarjetas de débito o de las multitiendas. Y si se quiere buscar referentes más amplios, está la propia crisis financiera global de la que aún no salimos. Si Bernard Madoff fue capaz de estafar US$ 50.000 millones, es difícil no comprender que estamos ante nuevos parámetros. Que los valores de antaño han saltado por los aires, aventados por un individualismo desenfrenado. Resulta indispensable abrir camino a una mutación valórica. Sin embargo, tal posibilidad la rechaza el pensamiento conservador que se refugia en añejos esquemas. Prefiere optar sólo por la represión para evitar abordar la realidad con nuevas herramientas.


Quienes detentan el poder económico abogan por legislaciones cada vez más severas para castigar los desmanes delictuales del lumpen. Pero se deja con sanciones menores o sin sanción, a quienes aprovechándose de su poder han transformado a Chile en uno de los diez países que peor distribuyen la riqueza en el mundo. Y hoy pareciera aceptarse sin chistar que el derecho de propiedad aquí es más importante que los derechos humanos.


El desastre que hoy nos conmueve es de magnitud aterradora. Hay miles de compatriotas que sufren. Hasta los que la ayuda demora en llegar. Pero, sin duda, la experiencia, por dolorosa que sea, servirá para que en una nueva oportunidad –que la habrá– estemos mejor preparados. Como ahora que, gracias a las construcciones antisísmicas, no tenemos que lamentar muchos millares de muertos.


Es imposible no reconocer que eso es un avance. Sin embargo, precisamente esto hace indispensable saber que la actitud dolosa de algunas constructoras cuyos edificios nuevos yacen en el suelo de varias ciudades del país, incluyendo Santiago, será castigada severamente. Tal como debiera castigarse la lenidad y la actitud abiertamente delictual de quienes construyeron las autopistas que colapsaron. Y saber como se sancionará a los responsables de la edificación de los hospitales de Talca, Parral o del recientemente inaugurado en Curepto.


Tal vez el terremoto de la madrugada del sábado nos trajo una oportunidad única para mirarnos profundamente. De saber qué haremos como sociedad para enfrentar este futuro incierto. Este porvenir en que el individualismo nos marca senderos viciados y peligrosos. En los que el éxito es la meta que reemplaza a la felicidad. Y la competitividad nos hace mirarnos como adversarios, en vez de miembros de un mismo equipo que tiene que trabajar de manera mancomunada. Pero para ello es necesario poner en marcha esquemas de valores que nos actualicen, sin perder por un instante la noción humanista que hace digna la vida. Una visión humanista integradora con la naturaleza, tal como con los otros seres humanos.


Sólo así será posible que el dolor nos sirva para crecer. Crecer como seres humanos, que es lo importante.


© de la fotografía inicial: Albert Lázaro-Tinaut.